
La arquitectura del silencio: espacios que respiran
Cómo los arquitectos mexicanos contemporáneos dialogan con el pasado prehispánico
En el corazón de la Ciudad de México, entre las capas sedimentadas de civilizaciones que nunca terminaron de irse, un grupo de arquitectos jóvenes está haciendo una apuesta radical: construir en silencio. No el silencio de la ausencia, sino el silencio como material arquitectónico.
La corriente que algunos llaman minimalismo prehispánico no es un movimiento formal ni tiene manifiesto. Es más bien una actitud compartida entre estudios como Taller ADG, Palma, y PRODUCTORA: la convicción de que el espacio debe respirar, que los vacíos tienen peso, y que la historia no se cita, se habita.
En Tlalpan, el estudio Taller ADG terminó en 2024 una capilla comunitaria que no tiene nombre. Sus muros de tepetate absorben la luz de una manera que los arquitectos describen como memoria mineral. Quien entra siente algo que no sabe nombrar: una familiaridad con algo que nunca conoció. Así funciona la arquitectura cuando logra lo que la arqueología solo puede documentar.
El diálogo con el pasado prehispánico no ocurre en el decorado. No hay grecas, no hay figuras estilizadas de jade. Lo que hay es proporción. Los cuartos se miden en relación con el cuerpo humano y con el cielo, no con el metro cuadrado comercializable. Nuestros referentes directos son Mitla y Palenque, dice la arquitecta Carmen Legorreta de Palma, pero los absorbemos como ritmo, no como imagen.
Este enfoque tiene consecuencias políticas que sus practicantes no siempre quieren nombrar. En un país donde el mercado inmobiliario dicta cada vez más qué puede construirse y dónde, apostar por la escala humana y los materiales locales es también una postura económica. El tepetate, el basalto, el adobe: materiales que los desarrolladores llaman costosos porque su valor no cabe en una hoja de cálculo.
La conversación entre lo antiguo y lo contemporáneo no es nueva en la arquitectura mexicana. Luis Barragán la protagonizó desde los cuarenta. Pero la generación actual hereda también el trauma del sismo de 2017, que colapsó no solo edificios sino la confianza en ciertos modelos de construcción. Desde entonces, hay en la práctica arquitectónica local una búsqueda de algo más sólido que el concreto: una ética del construir.
En el barrio de Tepito, lejos de los circuitos del diseño internacional, el colectivo Espacios Comunes lleva tres años rehabilitando vecindades con técnicas mixtas: adobe contemporáneo, estructura de acero, azoteas verdes diseñadas por los propios habitantes. El resultado no aparece en ninguna revista de arquitectura. Eso, dicen ellos, es exactamente el punto.
Lo que une a todos estos proyectos no es un estilo sino una pregunta: ¿qué significa construir con responsabilidad en un territorio que ya fue construido? La respuesta que están encontrando, despacio y sin prisa, es que significa escuchar. Al suelo, al clima, a quienes ya vivían ahí, y a las formas que sobrevivieron siglos antes de que llegara el cemento.
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